Dionisio Ridruejo, una pasión española. Crítica Imprimir

DIONISIO RIDRUEJO. UNA PASIÓN ESPAÑOLA
HISTORIA Y REFLEXIÓN A PARTES IGUALES

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   JESÚS JERÓNIDES/ PACO LAHOZ / ERNESTO ARIAS / DANIEL MURIEL
FOTO: marcosGpunto

Hay autores que acometen la escritura de ciertas obras a sabiendas de que, salvo milagro, están condenadas a ser estrenadas cuando toque  Sin embargo, las escriben. Cada uno sabe cuál es la  razón última, pero, sin duda, en el principio, está la necesidad íntima de hacerlo. Supongo que esa necesidad, espoleada por el reciente suceso del 23-F, es la que llevó a Ignacio Amestoy a alumbrar Dionisio. Una pasión española. Supongo, también, que, en el fondo, albergaba alguna esperanza de que el periodo de hibernación fuera breve. Si en su contra estaba lo espinoso del asunto tratado, aunque perteneciera a un periodo en trance de ser cerrado de nuestra historia, contaba a su favor que llevábamos seis años de democracia y que el Ministerio de Cultura le había concedido una ayuda a la creación teatral. La publicación del texto apenas un año después de concluido fue un espejismo respecto a su futuro escénico. Sometido a la consideración de Lluis Pascual, flamante director del Centro Dramático Nacional, éste, lejos de asumir su estreno, le vaticinó que la espera podría demorarse al menos veinte años. Al cabo, han sido algo más de treinta. Treinta desde su escritura, casi cuarenta desde que muriera su protagonista, Dionisio Ridruejo, y bastantes más los transcurridos desde que rompiera con el régimen franquista.

La cuestión que se plantea es qué interés tiene para el espectador actual, especialmente el más joven, una obra que habla de un personaje para muchos desconocido y de unos acontecimientos lejanos de los que ni siquiera han oído hablar. ¿Quién sabe que Ridruejo era un poeta metido a político, falangista antes de que Franco fagocitara al partido creado por José Antonio Primo de Rivera para dotarse de un soporte ideológico de corte fascista del que carecía? ¿Quién sabe que los versos “Volverán banderas victoriosas/ al paso alegre de la paz” del Cara al Sol  salieron de su pluma? ¿Quién, que durante la Guerra Civil fue Director General de Propaganda del bando franquista? ¿O que se alistó en la División Azul, quizás para acallar las críticas sobre el escaso entusiasmo guerrero mostrado durante la contienda o, tal vez, para alejarse de un Caudillo opresor y vengativo? ¿Qué a su regreso del frente ruso le cantó las cuarenta al dictador y el gesto le valió cinco años de destierro y algunos meses de cárcel? ¿Saben muchos que de crítico con el Régimen pasó a opositor activo y que, en 1974, creó la Unión Social Demócrata Española, cuyo objetivo era traer la democracia a España? El resultado de una eventual encuesta sobre el grado de conocimiento que existe hoy sobre este asunto sería aterrador pensando en la ignorancia que, en general, se tiene sobre hechos incluso más recientes. No creo que la obra de Amestoy, escrita en otro momento y cuyos destinatarios eran los españoles de la transición, pretenda hoy refrescar la memoria de los que, deliberadamente o no, la han perdido ni de brindar una lección de historia a los que no vivieron aquella época o entonces eran niños. No debe colegirse de esta afirmación que ha perdido su calidad de teatro documento ni que su estreno llega a destiempo y es, por tanto, inoportuno. Lo que sostengo es que el paso del tiempo ha ensanchado los límites de la biografía de un personaje histórico para traer a primer plano una reflexión sobre la España contemporánea y sobre los que durante buena parte del siglo pasado la han forjado. Aunque solo fuera por eso, la recuperación del texto ha merecido la pena.

Lo que al espectador, informado o no, le llega es el drama de los que, arrastrados por el ideal revolucionario del fascismo supuestamente redentor que crecía en Europa, se propusieron implantarlo de forma violenta en su patria, asumiendo un importante protagonismo en la guerra civil, que desembocó en la creación de un régimen dictatorial y sangriento. Aquí no se habla de los que, en los estertores del franquismo, clamaron por unas libertades a las que hasta entonces se opusieron. Tampoco de los que ideológicamente se sintieron traicionados y utilizados por Franco o se horrorizaron por la persecución a los que fueron sometidos los derrotados, pero cerraron los ojos y guardaron silencio. Se habla de aquellos arrepentidos de primera hora que renunciaron a disfrutar del botín de la victoria, reconocieron su equivocación, alzaron su voz crítica y fueron represaliados. En suma, de dignidad y de lo difícil que es ejercer de español cuando esa condición se la reserva en exclusiva un puñado de salva patrias visionarios constructores de imperios de pandereta. Lo que vemos deja, además, un poso de amargura, pues el protagonista se propuso aportar su grano de arena a la conquista de la democracia sin que llegara a ver cumplido su sueño. La vida se le acabó meses antes de que el Caudillo emprendiera el camino del Valle de los Caídos y se iniciara el de la Transición, en la que seguramente le hubiera gustado jugar alguno de los papeles que asumieron otros. 

Para contarnos todo esto, Amestoy ha elegido como escenario el gimnasio de un centro de rehabilitación militar. La acción transcurre a lo largo del 28 de junio de 1975 y en la madrugada del día siguiente, fecha en la que murió Dionisio Ridruejo. Es el lugar de encuentro de un singular – o no tanto- grupo de oficiales de distinta graduación que vienen a ser una muestra bastante aproximada de la evolución que ha experimentado el Ejército en el periodo que va de la Guerra Civil hasta los albores de la democracia. El general Castillo es depositario del legado dejado por los militares, la mayoría africanistas, que se alzaron en armas contra el gobierno de la República y convirtieron el país en un gigantesco cuartel. Admirador ciego del máximo representante de aquella generación, se comporta como él, asume su personalidad y, desde su silla de ruedas, convertido en un fantoche, sigue ejerciendo el ordeno y mando, aunque solo sea entre los que le rodean. El coronel Arenas, a sus 49 años, en el ecuador de una carrera profesional rutinaria en la que los ascensos llegan conforme se cumplen los plazos establecidos, se siente incómodo porque no encuentra espacio para materializar sus inquietudes. Conocedor de la vida de Ridruejo, se identifica con él, y hace suyo su desgarro interior, llegando al extremo de meterse en su piel.  El comandante Castro pertenece a la casta de los oficiales de cuchara, los que, cuando no bregan con la tropa de la que salieron, ocupan puestos de oficinistas uniformados, cuyas mayores virtudes son obedecer ciegamente al superior jerárquico y alabar su discurso aunque no lo entiendan. El capitán Alonso es representante de las últimas hornadas salidas de la Academia General Militar, simpatizante de los colegas portugueses que protagonizaron la Revolución de los Claveles y cercano, si no comprometido, con aquella Unión Militar Democrática que quiso socavar los cimientos del ejército franquista o, en palabras de uno de sus impulsores, mojar la pólvora del ejercito azul al que pertenecían. Y en medio de tanto hombre, un marimacho de armas tomar, hibrido de señorita Rottenmeier en funciones de curtida enfermera y de ángel protector a la manera de las damas de la Sección Femenina.

Con estos mimbres, el autor plantea un espectáculo con abundante aportación documental, cuya substancia principal son los escritos del propio Ridruejo. La teatralidad la aportan el marco elegido para inscribir el discurso y el comportamiento delirante de los residentes, que han convertido su vida cotidiana en un ceremonial disparatado de exaltación de los valores patrios con agitar de banderas y abundancia de cánticos. Aunque el título elegido por Amestoy es adecuado, también lo hubiera sido el más largo El juicio y suicidio de Dionisio Ridruejo representado por los residentes de un centro de rehabilitación militar bajo la dirección de un sosias del General Franco, pues su propuesta transita por la senda abierta  casi dos décadas antes por Weiss con su Marat-Sade.

Como es habitual en él, Juan Carlos Pérez de la Fuente ha respetado escrupulosamente el texto. También la escenografía, que lleva su firma, recrea minuciosamente el escenario propuesto  por el autor en la acotación inicial, sin más añadido que dos gigantescas serigrafías que reproducen un ángel que forma parte del Monumento a los Caídos de Casale Monferrato, obra del escultor simbolista Leoonardo Bistolfi, conocido como el Poeta de la Muerte.  Asimismo, es de su cosecha la transformación, durante el cantico del Gloria final, de las cuerdas de nudos que penden del techo en agitadas cuerdas de campanas. Pero dónde una vez más Pérez de la Fuente ha puesto toda la carne en el asador es en la dirección de actores. Seleccionados con acierto, se diría que los personajes han sido creados a la medida. Todos, sin excepción, responden a la imagen que nos sugiere la lectura del texto. Paco Lahoz es el general en el que se reencarna un Franco decrépito; Jesús Hierónides,  el comandante Castro, oficial reducido a la condición de asistente obediente y lameculos; Daniel Muriel, el capitán Alonso, que sueña con pertenecer a un ejército menos pintoresco y más global; Nerea Moreno es la enfermera, cuya femineidad tiene el corto vuelo de lo procaz; y, en fin, Ernesto Arias asume con solvencia propia de los grandes actores el papel del coronel Arenas y, en un arriesgado salto sin red interpretativo, el de un imaginario y delirante visionario Dionisio Ridruejo.                                                                 

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   DANIEL MURIEL / ERNESTO ARIAS / JESÚS HIERÓNIDES / PACO LAHOZ / NEREA MORENO
FOTO: marcosGpunto

Título: Dionisio Ridruejo, Una pasión española
Autor: Ignacio Amestoy
Escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Iluminación: José Manuel Guerra
Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas
Música: Luis Miguel Cobo
Ayudante de dirección: Pilar Valenciano
Coproducción: Centro Dramático Nacional y Pérez de la Fuente Producciones
Intérpretes (por orden alfabético): Ernesto Arias (Coronel Arenas), Jesús Hierónides (Comandante Castro), Paco Lahoz (General Castillo), Nerea Moreno (Enfermera), Daniel Muriel  (Capitán Alonso) 
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Duración: 1 hora 45 minutos
Estreno en Madrid: Teatro Valle Inclán (Sala Francisco Nieva), 14 -III -2014


 


JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
Copyright©lópezmozo

JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
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TEATRO VALLE INCLÁN
(Polivalente)
DIRECTOR: ERNESTO CABALLERO
SALA FRANCISCO NIEVA.
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SALA FRANCISCO NIEVA
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