Los Hijos de Kenedy. 1977. Crítica Imprimir

 


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RESEÑA, 1977
NUM. 103, pp. 22-23

LOS HIJOS DE KENEDY

ÉRASE UNA VEZ UNA DÉCADA PRODIGIOSA
ROBERT PATRICK

El texto de Robert Patrick llegaba csi inmediatamente a Madrid. Aunque la época prodigiosa ya había pasado a nivel mundial, en España se comenzba una nueva vida, pues se estrenaba democracia. Había ilusión y una gran esperanza en el posible cambio.   

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Muchas veces me lo he preguntado sin encontrar nunca una respuesta convincente. Muchas veces he querido explicar qué decide, dentro de nosotros, la aceptación o rechazo de una obra dramática. ¿Por qué nos gusta o nos desagrada un espectáculo? Sin duda intervienen una gran variedad de elementos propios del medio: desde la composición interna del texto hasta los rasgos exteriores de la representación y el ambiente. Pero debe de haber todavía otra cualidad que es interior al espectador, su situación peculiar, su disposición, su estado de ánimo, más en general. La representación dramática es, de alguna manera, una respuesta ella misma a esa pregunta general que todos llevamos dentro y también a las expectativas con que acudimos a la sala. Nuestros prejuicios o conocimientos anteriores determinan el talante con que nos sentamos y esperamos. Quizás nos sorprendemos aceptando una obra contra la que íbamos dispuestos o rechazamos algo que nos atraía porque nuestra demanda y el espectáculo no se adecuan, no tienen relación. 

He comenzado, nada menos, con la cuestión acerca del juicio de valor de la obra literaria, a propósito de la representación de Los hijos de Kennedy. Mi actitud inicial era de consciente y clara prevención. Y, sin embargo, he terminado aplaudiendo porque la obra me ha parecido aceptable, despertando y manteniendo mi interés en un grado no muy elevado, discreto y suficiente. Un texto no excesivamente original y un tratamiento poco «dramático», escasos incluso de conceptos y de interpretaciones de la realidad que describen, pero efectivos y bien 'representados, han conseguido este efecto. Los hijos de Kennedy responde, de modo elemental, pero inmediato, a la cuestión acerca de nuestra historia inmediata, acerca de unos hechos que sacudieron nuestra sensibilidad y que marcaron con su signa amargo unos años cruciales: asesinato de Kennedy, de Martin Luther King, muerte de Marilyn Monroe, rebelión estudiantil, contrarrevolución hippie, guerra de Vietnam, disturbios raciales... Fue la extraordinaria explosión de un mundo cuyas cenizas mojadas ya en alcohol quiere aun remover desde el escenario Robert Patrick. 

El tema único de la obra no es propiamente la historia de una frustración, aunque el autor quiera que entendamos la obra y los elementos presentes nos inviten a ello. Tiene que ver, por supuesto, con la evolución de la sociedad norteamericana, pero no es tampoco eso sólo. Quizás, dado el tratamiento, tendríamos que decir que Los hijos de Kennedy representan las historias de varias frustraciones. Porque, en efecto, sobre el escenario cinco personajes narran, entrelazándolas, sus vidas en la década de los años 60 y su inevitable disgregación última. Sin embargo, esto reduciría el texto a un mosaico sin significación. Quizás lo más apropiado sea hablar de la frustración de las historias, puesto que las vidas de estos jóvenes se cuentan desde la ya ocurrida destrucción, desde su agotamiento presente, en el cual se consumen como narradores. Pero esas historias, en su relación externa, casual, pero profundamente inevitable, nos remiten más bien a la frustración de la Historia, que es algo más que sus vidas y que la misma vida de Norteamérica. Es algo tan profundo como la esperanza y la posibilidad de tener un sentido y una tarea en el momento de cada cual. 

El tratamiento sigue una técnica muy poco usual. Cada personaje cuenta su historia - como para sí mismo- ante los demás. Sin embargo, jamás hablan entre ellos. Su presencia en el escenario es simultánea, pero no compartida. Así se produce un efecto de entrelazamiento plano, como sin profundidad. Diversas narraciones se cruzan ante nosotros presentándonos acontecimientos verídicos y simultáneos desde perspectivas diferentes, según la oficinista enamorada de Kennedy, el soldado de Indochina, el actor homosexual y enfermo, la joven estudiante pacifista y la actriz fracasada tras la sombra fascinante de Marilyn. Es una estructura abierta, dice el autor: «(Ésta era la forma que necesitaba y había estado tratando de encontrar durante mucho tiempo; algo abierto a todo tipo de montajes e interpretaciones». Más bien es una estructura rota, deliberadamente corta. Da en porciones que jamás forman un cuadro con perspectiva -<<[ragmentos, fragmentos, fragmentos»-, que tienden a parecer un dibujo de figuras, de secuencias lineales y casi geométricas. 

Aunque no es del todo cierto que haya solamente un plano inmediato, sin fondo o sin profundidad. Hay otra dimensión que no avanza hacia atrás del escenario, sino sobre los espectadores. La obra se salva porque las palabras se abren un campo en la memoria y en la conciencia del espectador y evocan allí esperanzas ya pasadas, mentiras creídas, mitos sociales o solo publicitarios aun vivos. No es un fenómeno individual, sino colectivo, porque se funda en la presencia real, intersubjetiva, de esos arios de los que ahora estamos creando la interpretación, su nueva dimensión en el arte, la cultura y el recuerdo. ¿Quién fue Kennedy? ¿Quién fue Marilyn? ¿Quién nos interesa más ahora, la persona que existió o la imagen que fabricamos, que nos evoca miedos, angustias, posibilidades nunca consumadas y siempre renacidas? 

Aquí es donde puede hacer pie el juicio positivo, con reservas, que hemos expresado. Una obra mediocre puede ser sugestiva y afectamos por quedar incluida en esta corriente más amplia de la que se alimenta. La frustración que es su tema no se agota en sí misma, no nos conduce al vacío, sino que queda rescatada en nuestra conciencia con una multitud de vías posibles, de perspectivas, tantas como personajes, para comprender. Aunque el texto se mantenga en una permanente relatividad. La forma abierta nos aboca, pretendidamente, a un significado abierto del espectáculo. Nunca ha sido más verdad que ahora el hecho de que el teatro es solo una propuesta y que su última representación sucede en el ánimo del espectador. Las historias se cierran sobre sí mismas. Estos personajes, en su aventura particular, están acabados. ¿Quizás también su sociedad? Pero sigue la vida y sigue en tomo a la muerte el tejer continuo de nuestra interpretación.

Título: Los hijos de Kennedy.
Autor: Robed Patrick.
Traducción y adaptación: Jose Maria Pou.
Dirección: Ángel GarcIa Moreno.
Intérpretes: Amadeo Salas (barman), Ángel Rene (pianista), María Luisa Merlo (Wanda), Pedro Civera (Sparger), Marisa de Leza (Rona), Francisco Valladares (Marx), Gemma Cuervo (Cartal)
Estreno en Madrid: Teatro Bellas Aries, 5 de febrero de 1977.

 

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José Paulino

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