Kathie y el Hipopótamo. Vargas Llosa. Crítica Imprimir
Escrito por Jerónimo L´pez Mozo   
Jueves, 28 de Noviembre de 2013 09:39

KATHIE Y EL HIPOPÓTAMO
JUGAR A LAS MENTIRAS

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ANA BELÉN /GINÉS
FOTO: SERGIO PARRA

Las mentiras raramente son gratuitas o inocuas; ellas se alimentan de nuestros deseos y fracasos y nos expresan con tanta fidelidad como las verdades más genuinas que salen de nuestra boca. Mentir es inventar, añadir a la vida verdadera otra ficticia, disfrazada de realidad. Odiosa para la moral cuando se practica en la vida, esta operación parece lícita y hasta meritoria cuando tiene la coartada del arte. (…) La ficción es la vida que no fue, la que quisiéramos que fuera, que no hubiera sido o que volviera a ser, aquella vida sin la cual la que tenemos nos resultaría siempre trunca. (…) El abismo inevitable entre la realidad concreta de una existencia humana y los deseos que la soliviantan y que jamás podrá aplacar, no es solo el origen de la infelicidad, la insatisfacción y la rebeldía del hombre. Es también la razón de ser de la ficción, mentira gracias a la cual podemos tramposamente completar las insuficiencias de la vida, ensanchar las fronteras asfixiantes de nuestra condición y acceder a mundos más ricos o más sórdidos o más intensos, en todo caso distintos del que nos ha deparado la suerte. (…) Gracias a la ficción descubrimos lo que somos, lo que no somos y lo que nos gustaría ser”. Son palabras de Mario Vargas Llosa. De eso trata su obra Kathie y el hipopótamo, escrita en los inicios de la década de los ochenta del pasado siglo.

Aunque entonces no se supiera, para construir la historia que se cuenta, el autor se inspiró en un hecho real del que él mismo fue protagonista veinte años atrás. En efecto, viviendo precariamente junto a Julia, su primera esposa, en una bohardilla del hotel Wetter de París, aceptó el trabajo que le propuso una dama peruana llamada Cata Podestá. Rica, culta, casada a temprana edad con un terrateniente, del que enseguida se separó, y viajera empedernida, acababa de visitar África y quería recoger la experiencia en un libro. Ella contaría sus vivencias y él las redactaría a cambio de una remuneración que le venía como agua de mayo para atender algunas necesidades. Convinieron hacerlo en sesiones diarias de dos horas. El resultado fue un libro de poco más de trescientas páginas, Pieles negras y blancas, escrito por él y firmado por ella. La pieza arranca con la recreación de uno de esos encuentros. En ella, Kathie Kennety es la narradora y Santiago Zavala el escribidor que, al trasladar el relato al papel, añade imaginación y calidad literaria.  Cuando ella dice: Me quedé junto a la Esfinge hasta que se hizo de noche y, de repente, se prendieron las luces, él escribe: “Absorta, hechizada, permanezco contemplando la Esfinge sin advertir que cae la noche. De pronto, una luz espectral, ilumina su serena sonrisa. Ahí estamos, frente a frente, yo, la mujer de carne y hueso, y ella, la de entrañas de piedra, cabeza enhiesta y garras de león”.

En su ficción, Vargas Llosas aprovecha esas reuniones literarias pagadas a tanto la hora para dar cabida a las confidencias de ambos y, con ellas, entrada a los demás personajes y a sus propios fantasmas. Uno es Juan, el esposo de la dama, banquero por ser hijo de papá, escaso de luces, dado al ocio, a la práctica del "surf" y a la conquista de damitas jóvenes, de lo que alardea obscenamente, y, sin embargo, celoso hasta la náusea. Otro personaje es Ana, sufrida esposa de Santiago, quien desde su pedestal intelectual la somete a permanente chantaje para disimular su fragilidad profesional y sentimental. El desdoblamiento de los actores que hacen estos papeles, facilita otras presencias. Entre otras,  los hijos y un joven pretendiente de Kathie y la estudiante pizpireta que tiene encandilado al profesor Zavala. Los protagonistas tejen una historia hecha de crudas realidades y de fantasías en la que, como sucede en La Chunga (CLIKEAR), las cosas no son lo que parecen, pero sí verosímiles. La intención del autor era escribir una farsa, más reconocible por su contexto secreto que por la forma exterior de la representación, llevada, según él, hasta las puertas de la irrealidad sin sobrepasarla. De hacerlo, corría, según él, el riesgo de que el resultado fuera aburrido. No aburre, pero tampoco entusiasma, tal vez porque el tema da para un juego más enjundioso que el permitido por ese género teatral que está algún escalón por debajo de la comedia y bastante lejos del drama.

Los saltos temporales en la acción, la transformación de unos personajes en otros y sus inmersiones en el mundo de los recuerdos o de las invenciones están señalados por el autor en las acotaciones del texto, lo que facilita su lectura. La puesta en escena de Magüi Mira ignora esas advertencias, dejando al espectador la incómoda tarea de estar atento a  las transiciones.  Ese vacío es compensado en parte con ligeros cambios en el vestuario, pero, sobre todo, con la feliz idea de que los personajes evocados formen parte, junto a unos maniquíes, de una especie de grupo escultórico del que salen durante el tiempo en que su presencia es requerida. Grupo que se integra perfectamente en la escenografía, que representa un funcional salón moderno presidido por un piano de cola y una chaise longue, el cual sustituye a la coqueta bohardilla que, recreando las de la margen izquierda del Sena, describe el autor.

De cara a su representación, pide Vargas Llosa que se empleen las técnicas del humor, el suspense y el melodrama, y eso hace Magüi Mira. El resultado es una comedia. En esa clave se mueven los actores, que constituyen el principal activo de la función. Kathie y Santiago encuentran en Ana Belén y Ginés  García Millán sus intérpretes ideales. Se establece entre ellos una atractiva complicidad que les acerca a personajes de alta comedia. Cuando se meten en la piel de quienes fueron o pudieron ser, lo hacen con naturalidad, añadiendo nuevos y nada forzados registros a su trabajo. Uno de los más felices es cuando Ana Belén muta en  Adéle, la seductora lolita que trae de cabeza al atolondrado profesor Zavala. Poco afortunada es, sin embargo, la idea de introducir canciones que remiten al París de Édith Piaf y otras glorias francesas de la época, interpretadas por la actriz, la cual es acompañada al piano por su hijo David San José. Tal vez se haya pretendido sacar partido a sus dotes como cantante, pero lo cierto es que no encajan bien y rompen la continuidad de la representación.

Jorge Basanta, en el papel de Juan, es un niñato de playa cargante, alegre y confiado que parece haberse escapado de una de esas películas americanas protagonizadas por galanes en ciernes. Cuando le toca ser víctima de las supuestas infidelidades de su esposa, se convierte en una patética caricatura del que va por lana y sale trasquilado. Eva Rufo es Ana, el personaje más sufrido de todos, y con ninguna vía de escape. Esposa de un intelectual mediocre y contradictorio, es la percha de los golpes de sus frustraciones. Su buen trabajo acrecienta la relevancia a un personaje más de una pieza que los demás y que, sobre el papel, es secundario.   

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EVA RUFO / DAVID SAN JOSÉ / JORGE BASANTA
GINÉS GARCIA MILLÁN / ANA BELÉN
FOTO: SERGIO PARRA

Título: Kathie y el hipopótamo
Autor: Mario Vargas Llosa
Música y arreglos: David San José
Espacio escénico: Magüi Mira
Iluminación: José Manuel Guerra
Figurinista: Ana López
Coreografía: Nélida Miglione y Jorge Ramírez
Fotos y diseño de cartel: Sergio Parra
Asistente gestión artística: Laura Galán
Ayudante de dirección: Hugo Nieto
Producción: Teatro Español 
Intérpretes: Ana Belén (Kathie), Giné García Millán (Santiago), Eva Rufo (Ana), Jorge Basanta (Juan), David San José (pianista)
Dirección: Magüi Mira
Estreno en Madrid: Matadero, Naves del Español  (Sala 2) 19 - XI -2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 
JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
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Última actualización el Viernes, 20 de Junio de 2014 12:13