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Roberto Zucco. T. Romea. Crítica PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jerónimo López Mozo   
Viernes, 27 de Septiembre de 2013 16:46

ROBERTO ZUCCO

UN SEMBRADOR DE MUERTES
HIJO DE NUESTRO TIEMPO

 ROBERTO ZUCCO B
 FOTO: TEATRO ROMEA

La historia de Roberto Succo, nombre real del asesino de sus padres, de un inspector de policía y de un niño, daba para llenar muchas páginas de sucesos. El joven dramaturgo francés, que ya se sabía condenado por ese otro asesino en serie llamado SIDA, se inspiró en ella para escribir un estremecedor poema dramático equiparable al Woyzeck de Büchner. Sucesivas depuraciones desembocaron en un texto escueto y duro que nos deja mudos ante tanto horror aparentemente gratuito, aunque en el fondo sepamos que no lo es. Koltés no cayó en la tentación de explicar la conducta de ese asesino que, tras el parricidio, no eligió a sus víctimas, sino que ellas se cruzaron en su camino. Lo que hizo fue mostrárnoslo y acompañarlo por los escenarios que frecuentó en el corto periodo de libertad vivido desde su fuga de la prisión en la que cumplía condena por el asesinato de su padre, hasta su detención. Escenarios habitados por una galería de personajes sin nombre, que son cabal retrato de una sociedad enferma, caldo de cultivo para para que surjan esta suerte de individuos capaces de decir con absoluta frialdad que es normal matar a los padres. Desgraciadamente, el mundo está lleno de Robertos Zucco, cuyas atrocidades nos llenan de horror. Lo que sucede con el recreado por el escritor francés es que, reuniendo todos los requisitos para ser temido y odiado, también tiene un sitio entre las víctimas. Más aún, Koltés le elevó a la categoría de héroe trágico y le regaló un final a su medida: durante un nuevo intento de fuga por los tejado de la prisión, en el que parece querer emprender un vuelo liberador que le aleje de los hombres y de la tierra, se precipita al vacío zarandeado por un viento huracanado y cegado por el resplandor de un sol ascendente.

Para algunos, Roberto Zucco recrea el viaje del protagonista hacia su propia destrucción, haciendo paradas más o menos breves en los lugares más importantes del recorrido. También para Julio Manrique, responsable de esta puesta en escena, se trata de una obra itinerante que muestra “los rincones, las calles y los tejados de una ciudad que es todas las ciudades”. Su puesta en escena no niega esa condición, pero tampoco la subraya. Por el contrario, ha reunido buena parte de las estaciones del trayecto para presentárnoslas como si fueran estancias de un mismo edificio. Le escenografía de Sebastiá Brosa posibilita la síntesis espacial aboliendo las distancias. Para ello, ha instalado en el escenario en un gran contenedor que, a la manera de las casas de muñecas con fachada desmontable, muestra permanentemente su interior. En él se reproducen con minuciosidad realista, los espacios cerrados que aparecen en la obra: el piso de la madre, la cocina de la casa de la chiquilla, la recepción del burdel, la comisaría de policía y el andén del metro. Los tejados de la prisión coronan el enorme embalaje. No parece casual sino propósito deliberado que, bajo ellos, las estancias citadas tengan la apariencia de celdas claustrofóbicas. Más el embalaje no contiene toda la acción. Ésta desborde sus sólidas paredes y se extiende por el ancho proscenio, llegando, en una escena, la del parque, a invadir la platea. En ese balcón tan cercano al público tienen lugar los acontecimientos que se desarrollan en espacios abiertos, que, en contraste con los cerrados, apenas son definidos por algunos elementos de mobiliario urbano. Un banco, un par de faroles, una cabina telefónica, la puerta de un bar, algún neón y pocas cosas más bastan para situarnos en una calle del Pequeño Chicago, el parque público o la estación de ferrocarril. El crítico duda de la oportunidad de los llamativos rótulos que reproducen con letras de gran tamaño el nombre del protagonista y de la de unos letreros luminosos que muestran los títulos con que Koltés bautizó cada escena. Integrados en la escenografía, tienen más de reclamos  publicitarios que de elementos dramáticos.

Roberto Zucco es el protagonista absoluto en una obra que cuenta con otros dieciocho personajes y un número indeterminado de figurantes. Al asumir el papel, Pablo Derqui ha dado un paso de gigante en su carrera. Su físico y fisonomía le han permitido componer la figura de un ser frágil y silencioso, encerrado en sí mismo, muy distante de la que ofrecían sus anteriores intérpretes. Pero, al mismo tiempo, deja entrever la tensión a flor de piel de una fiera al acecho, pronta para saltar sobre su presa. Su actuación es un vaivén que le lleva, de la indiferencia por cuanto le rodea o de puntuales manifestaciones de una conmovedora sensibilidad poética, al comportamiento violento que saca a relucir cuando se siente acosado o en los momentos que preceden a sus crímenes. Quiénes se acercan a él por azar, como le sucede al anciano del metro –“Usted tartamudea ligeramente, me gusta mucho, me tranquiliza”, dice- están lejos de sospechar que el inofensivo joven es, en realidad, una bomba lista para estallar al menor estímulo. Koltés concibió una criatura llena de luces y sombras. La que Derqui recrea no altera ese mapa ni difumina su contorno. 

Con la excepción de María Rodríguez y Laía Martell, que son la chiquilla y su hermana, cinco actores se reparten el resto de los papeles. Son Rosa Gamís, Xavier Boada, Andrés Herrera, Xavier Ricard y Oriol Guinart. De reconocida solvencia todos, sin embargo no siempre aciertan en la definición de sus personajes, rozando, a veces, un histrionismo que está fuera de lugar. El reparo no empaña la calidad de esta nueva visita de la obra póstuma de Koltés a los escenarios. (CKLIEAR) (CLIKEAR)

                                 

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FOTO: TEATRO ROMEA

Título:Roberto Zucco
Autor:Bernard-Marie Koltès
Traducción:Cristina Genebat
Escenografía:Sebastià Brosa
Iluminación:Jaume Ventura
Vestuario:Maria Armengol
Espacio sonoro:Damien Bazin
Caracterización:Ignasi Ruiz
Ayudante de dirección:Raimon Molins
Dirección de producción:Amparo Martínez
Jefe de producción:Maite Pijuan
Producción ejecutiva:Marina Vilardell
Dirección técnica:Miguel Montes
Construcción de escenografía:Escenografía Moià
Producción: Teatre Romea y Teatro Español
Intérpretes:Pablo Derqui, Laia Marull, Andrés Herrera, María Rodríguez, Xavier Boada, Rosa Gámiz, Xavier Ricart, Oriol Guinart
Dirección: Julio Manrique
Estreno en Madrid: Naves del Español (Sala 1), 20 - IX -2013

 

 



JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
Copyright©lópezmozo



 

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Última actualización el Viernes, 27 de Septiembre de 2013 17:25
 
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