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El Sueño de la Razón. Cia Ferroviaria. Crítica PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jerónimo López Mozo   
Miércoles, 06 de Febrero de 2013 08:30
 
EL SUEÑO DE LA RAZÓN
FANTASÍA HISTÓRICA 

EL SUEÑO DE LA RAZÓN
FANTASÍA HISTÓRICA
 
FOTO: COMPAÑÍA FERROVIARIA
En vida de Buero Vallejo, su teatro iba llegando a los escenarios con regular cadencia, siendo el ritmo de su escritura el que marcaba los tiempos. De sus obras mayores, hubo algunas reposiciones, aunque no tantas como cabría esperar tratándose del dramaturgo español más prestigioso de la segunda mitad del siglo XX. Tras su muerte, salvo el montaje de Historia de una escalera, dirigido por Pérez de la Fuente en el Centro Dramático Nacional, su producción apenas ha tenido presencia en la cartelera. Por eso, es noticia importante que se esté representando El sueño de la razón, drama fundamental del teatro histórico bueriano, que hasta ahora solo había conocido dos puestas en escena dignas de mención: la de José Osuna, en 1970 (CLIKEAR), y la de Toni Tordera, en 1994 (CLIKEAR). La que ahora comentamos, presentada por la compañía Ferroviaria, ha sido dirigida por Paco Maciá.  Estrenada en noviembre del pasado año en el teatro Circo de Murcia, ha llegado a la sala Fernando de Rojas, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, para una estancia de apenas una semana. Es de lamentar tan fugaz presencia, pues se trata de un espectáculo que, por su calidad, merece mayor difusión.
 
Una de las dudas que platea el teatro de Buero es la de su vigencia. A su falta, atribuyen no pocos de sus críticos el escaso interés por recuperarlo. No tienen razón si generalizan, aunque no les falte en algunos casos. El sueño de la razón y las puestas en escena citadas ofrecen materia de sobra para analizar la cuestión. El argumento gira en torno a los días que precedieron a la salida de España de un anciano Francisco de Goya, camino de un exilio no impuesto, pero al que se vio empujado por las insoportables circunstancias que rodeaban su vida. Su talante liberal encajaba mal en el régimen absolutista impuesto por Fernando VII, en el que la represión de los ilustrados era moneda común. Dominado por el temor a ser una de tantas víctimas y rechazando, al tiempo, la invitación a pedir perdón al Rey por su supuesta falta de lealtad, como condición indispensable para ser recibido de nuevo en Palacio, se encerró en su quinta de las afueras de Madrid. En aquella cárcel, el miedo, que se hizo obsesivo, llenó su cabeza de alucinantes fantasías, plasmadas con sus pinceles en las paredes. Se llenaron éstas de figuras grotescas que luego serian bautizadas como “pinturas negras”, que hacían dudar a sus seres cercanos sobre su salud mental. La sordera que padecía, de la que Buero hace partícipes a los espectadores, convertía en más penosa su situación.
 
En 1970, muchos, entre ellos este crítico, entendieron que la situación de España se parecía bastante a la de 1823, en que Buero situó la acción. De ahí que Fernando VII fuera visto como Franco y el pintor como el propio Buero. La asociación no era descabellada, como tampoco lo era que fueran considerados trasunto del propio dramaturgo el Diego Velázquez de Las Meninas oel Esquilache de Un soñador para un pueblo. Cuando pasados veinte años, finiquitada la dictadura, Tordera recuperó el drama, se planteó la cuestión de su vigencia. Las dudas quedaron pronto despejadas. Cuando una obra es grande, lo coyuntural desaparece, aunque estuviera presente en su gestación. Buero hablaba del poder y de la dignidad del hombre, temas ambos que no prescriben. Ahora, ya metidos en el siglo XXI, esta nueva puesta en escena confirma esa lectura y la remacha gráficamente cerrando el espectáculo con una cascada de imágenes que ofrecen versiones contemporáneas de las pinturas negras goyescas.
 
Paco Maciá explica el drama con claridad. El texto, libre de las complejas acotaciones del autor, fluye bien en una puesta sobria, incluso en las escenas de la pesadilla de Goya y del brutal asalto de los voluntarios realistas. Que se haya dotado de animación a las figuras de las pinturas negras es todo un hallazgo. Gracias a él se establece un diálogo mudo e inquietante entre los personajes reales y los que el pintor va liberando de su torturada mente. El trabajo actoral es notable. En el papel del pintor se alternan Vicente Rodado y Juan Meseguer. En la función a la que asistió el crítico, lo asumió el primero. Su recreación del personaje alterna el miedo insuperable, la lucha con sus fantasmas y su tozudez ante las presiones que ejercen sobre él su amante y amigos para que salga de su encierro, con momentos de relativo sosiego, en los que muestra su lado más humano y encuentra hueco el discurso más reflexivo y relativamente sereno que le sugiere la visión de una España dominada por el despotismo. Vicente Rodado ofrece una imagen amarga de la derrota de un artista intachable, que se corresponde con el pesimismo bueriano. Su retrato de Goya no incluye, sin embargo, el atisbo de esperanza que solía insinuar Buero en los desenlaces de sus obras, incluida la que nos ocupa. En su rostro no se dibuja la sonrisa de calma que aparece indicada en la penúltima acotación de la obra, cuando, al partir hacia Burdeos, lanza una ojeada a las paredes de su casa cubiertas por las pinturas salidas de su paleta. Está bien que se haya prescindido de ese gesto, que encierra cierta ambigüedad, pues resulta incomprensible ante la visión de la tremenda representación del aquelarre.
 
Eloísa Azorín como Leocadia, la compañera del pintor, logra transmitir el sufrimiento que le causa, tanto la intransigencia de éste, como la evidencia de su deterioro físico y, al tiempo, su empeño en sacarle de tan penosa situación. Su lucha por una causa que se adivina perdida es conmovedora, más aún teniendo que soportar con resignación las iras del genio. Cesar Oliva Bernal da vida al médico y amigo de Goya Eugenio García Arrieta. En su texto, Buero le describe con prolija minuciosidad fijándose en el retrato que le hizo el pintor en agradecimiento a haberle tratado con éxito una grave enfermedad. No se ajusta el actor a ese corsé icónico, pero si al talante del personaje. Con sobria eficacia desgrana sobre el escenario el equilibrado y sereno discurso liberal, y muestra el valor de la amistad sincera y sin reservas en tiempos comprometidos. El resto de los actores da vida a personajes con presencia escénica más breve. Verónica Bermúdez es Gumersinda Goicoechea, la nuera de Goya; Manuel Menárguez, Fernando VII; Toni Medina, en fin, se desdobla en Francisco Tadeo Calomarde, ministro y fiel intérprete de la voluntad absolutista de Fernando VII, y el padre José Duaso, quien, por su condición de capellán real y amigo de Goya, sirvió de puente en las difíciles relaciones del monarca con el pintor.      
 
 
 
                                            
Título: El Sueno de la Razón
Autor: Antonio Buero Vallejo
Compañía Ferroviaria
Intérpretes: Vicente Rodado/ Juan Messeguer (Goya), Eloísa Azorín (Leocadia), César Oliva Bernal (Médico), Eugenio García Arrieta (amigo de Goya), Verónica Bermúdez (Gumersinda Goicochea), Manuel Menárquez (Fernando), Toni Medina (Francisco Tadeo Calomarde/ José Duasso)
Director: Paco Macià
Estreno en Madrid: Sala Fernando de Roja (Círculo de Bellas Artes), 26 - I - 2013
        


JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
Copyright©lópezmozo

 


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Última actualización el Jueves, 07 de Febrero de 2013 07:48
 
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